Sonidos del confinamiento

Hace algunos días, el musicólogo Tim Rutherford-Johnson escribía en su blog sobre la importancia que durante el confinamiento adquieren los sonidos que nos llegan desde el exterior de nuestras casas. La súbita desaparición de aviones, camiones y de la mayoría de los coches nos devuelve el paisaje sonoro de las ciudades y los pueblos de hace setenta o cien años. Sonidos enterrados por el ruido de las máquinas vuelven a la superficie. Sobre todo, cosas de la primavera, el canto de los pájaros, una variedad enorme de especies que compite y retoma su lugar ante la retirada del ser humano. Sobre todo los pájaros, pero también parece crecer la nitidez con la que oímos a nuestros vecinos: niños que juegan, discusiones de pareja, el manitas que aprovecha el confinamiento para arreglar muebles o instalar una estantería, la tos ominosa de alguien en la distancia…

Hace un par de días, como antes había hecho Rutherford-Johnson, salí al jardín de mi casa, temprano en la mañana, después de una noche de lluvia, y grabé a los pájaros.

Por supuesto, el sonido del jardín de mi casa está condicionado por el lugar donde vivo, un pueblo de poco más de cinco mil habitantes. Hace algunos días, una amiga experta en sacarle el humor a los aspectos más negativos del confinamiento nos escribía diciendo que si todos andábamos locos por el canto de los pájaros, a ella la fauna que le resultaba más presente últimamente era la de los camiones de basura.

En Chinchón, el canto de los pájaros y las campanas de la iglesia me habrían acompañado cualquier primavera. Es sólo la ausencia de otros ruidos lo que los vuelve omnipresentes. Faltan también los turistas, claro. Grabé el audio anterior un domingo y, aunque era temprano, cualquier otro domingo ya se oirían los coches de quienes vienen de Madrid a pasar el día y de la plaza empezaría a llegar el rumor de las terrazas de los bares. Y eso me obliga a recordar -mucho más porque yo trabajo en el turismo, es decir, ahora mismo no trabajo- que esta paz no es natural. “La paz de los cementerios” es una expresión que me viene a menudo a la mente estos días mientras estoy sentado en el jardín.

Leo en el Guardian que el silencio de los medios de transporte y las fábricas lo han registrado también los sismógrafos. El ruido antropogénico, o “ruido cultural”, impide la detección de pequeños temblores de tierra o de aquéllos que se producen muy lejos. Ahora ese ruido ha disminuido creando un paraíso para los geólogos.

Del mismo modo que los sismógrafos registran con intensidad poco frecuente terremotos lejanos, ahora los truenos resuenan en casa como verdaderas explosiones. Ayer, cuando ya tenía en mente este texto, pude grabar el inicio de una tormenta de primavera. La interrupción de la normalidad que marca el primer trueno tiene algo de verdadero acontecimiento. En la segunda grabación, con la tormenta ya descargando con fuerza sobre la casa, la densidad del ruido se vuelve excesiva para una grabadora tan limitada como la de mi móvil y la lluvia se resuelve en ruido blanco.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s