John Zorn, una guía para perplejos. I. ¿Por qué Zorn?

Masada en la Fundação Gulbenkian, Lisboa. Fotografía de Jazz em Agosto – Petra Cvelbar

Si me preguntaran cuál de los hábitos que la pandemia ha vuelto imposibles voy a echar más de menos en 2020, sólo podría contestar: asistir a un maratón de música de John Zorn. A ningún otro artista he visto tantas veces en directo. Durante los últimos treinta años he oído a Zorn en auditorios de música clásica, festivales de verano al aire libre, teatros de capitales de provincia y salas y clubes dedicados al rock o al jazz. Las últimas tres veces -en San Sebastián, Lisboa y Sarajevo- el formato fue el del maratón: varios días dedicados de forma exclusiva a su música. Tenía ya entradas para un nuevo maratón este mes de julio en Molde, Noruega, que, como todos los festivales este año, ya ha sido cancelado. De modo que llevo semanas paliando esta pérdida con incursiones en su abundante discografía.

¿Por qué una guía para perplejos?

Pero precisamente en estas incursiones me doy cuenta de lo difícil que puede resultar aproximarse por primera vez a la música de Zorn. O incluso, aunque uno conozca sus obras esenciales, seguir su ritmo de publicaciones si no es mediante una atención y determinación muy deliberadas. Mirando en el catálogo de mi discoteca, veo que desde 1977 hasta el día de hoy se han publicado 281 discos a su nombre. Otros cuatro tienen ya fecha para los próximos meses. Por si el volumen supusiera de por sí poca dificultad, esas casi trescientas referencias cubren campos tan dispares como los del jazz, el metal, la música clásica, la electrónica, el ambient, la improvisación libre, la exotica, el noise o las bandas sonoras. Un laberinto a la inversa, en el que resulta difícil entrar y demasiado fácil salir por puro desánimo.

Sin duda, John Zorn es un compositor demasiado prolífico para su propio bien. Cualquier aficionado al jazz sabe que su cuarteto Masada es uno de los conjuntos esenciales de la música del cambio de siglo, pero sería más fácil citar un disco fundamental si no hubiesen publicado diez en cuatro años, a los que seguirían casi otros tantos en directo y un recopilatorio doble de outtakes. La cosa se complica aún más cuando el cuarteto Masada se convierte en proyecto Masada y le siguen más de cincuenta discos de distintas formaciones bajo el mismo nombre y concepto.

Y es que una de las grandes virtudes de John Zorn como músico es la de ser un inmejorable seleccionador. No sería exagerado decir que a menudo Zorn ve su tarea de compositor como la de un seleccionador deportivo: se trata de elegir el conjunto ideal -y, a menudo, improbable- de artistas que van a tocar juntos y escribir de modo que la partitura les permita sacar lo mejor de sí mismos. Esta afirmación, que vale también para sus piezas clásicas más rigurosamente escritas, es particularmente relevante para aquéllas en las que la improvisación es el elemento central. La movilización del virtuosismo de cada solista en el contexto de un trabajo en grupo es el meollo de casi cualquier obra de Zorn. Este talento para sacar lo mejor de cada músico ha hecho que en su discografía podamos encontrar un catálogo prodigioso de colaboradores habituales. Guitarristas virtuosos como Marc Ribot o Bill Frisell, estrellas del metal como Mike Patton, figuras del jazz como Milford Graves, Mary Halvorson o Uri Caine repiten a menudo en sus discos y conciertos, solistas y formaciones esenciales de la música clásica contemporánea como el pianista Stephen Drury, los cuartetos de cuerda Arditti o JACK o la Filármonica de Nueva York le han encargado composiciones y han interpretado y grabado sus obras.

John Zorn en el Metropolitan Museum of Art. Foto de Alan Hanigian

Pero, por encima de todo, la mejor razón para zambullirse en la discografía descomunal de Zorn es que resulta un ejercicio absolutamente entusiasmante. Mientras que la respuesta a la mayor parte de la música que alguien escucha durante su vida oscila entre la melancolía y la alegría, las reacciones a la música de Zorn alternan a menudo la carcajada y el terror. Su música es un asunto de extremos. Al lirismo más sofisticado le suceden, a menudo en cuestión de segundos, construcciones increíblemente cerebrales o gritos y chillidos horrendos. El título de uno de los recopilatorios de obras clásicas de Zorn es Fragmentations, Prayers and Interjections y estos tres conceptos podrían resumir muy bien su música: lo fragmentado como estructura: estilos yuxtapuestos, marco mínimo de atención, renuncia al desarrollo; lo sagrado, lo místico y lo mágico como temática y búsqueda, y lo interjectivo, lo extremo como medio.

Este ir y venir entre lo sublime y lo abyecto se guía por sistemas precisos de reglas que remiten tanto al rito como al juego. Si hay siempre algo lúdico en la música de Zorn, a menudo se confunde o se funde también con lo religioso. El hecho de que muchas de sus primeras composiciones obedecieran normas rigurosas calcadas de juegos o derivadas de ellas (Hockey, Lacrosse o Cobra) y muchas de las más recientes se generen a partir de procesos mágicos o místicos obedece a una misma necesidad de azuzar la creatividad a partir del límite.

Me propongo pues escribir una guía, pero es una guía-trampa. Mi intención es que estos párrafos ayuden a entrar a quien los lea, sirvan de introducción, pero lo dejen abandonado en cuanto esté dentro. Esta guía lo mete a uno en el laberinto, pero no lo ayuda a salir. Una vez dentro, ¿quién iba a querer hacerlo?

Zorn en disco vs. Zorn en directo

Está claro que esto es una introducción a la discografía de John Zorn. Sin embargo, si alguien me pidiera consejo, le diría que, si quiere enamorarse para siempre de su música, se vaya a verlo en vivo. A ser posible a uno de esos maratones en los que durante cinco o seis horas distintas formaciones tocan música suya.


Cartel del formidable monográfico dedicado a Zorn en el festival Jazz em Agosto de la Fundação Gulbenkian en 2018

No hay mejor acceso a cualquier música que el oírla (¡y verla!) en directo. Y esto que es verdad para casi cualquier género es particularmente válido para las músicas que sitúan la improvisación en el centro. Zorn exige que sus músicos toquen sus instrumentos mejor que nadie, pero también que se peleen con ellos, que los maltraten, los profanen. Esta tensión entre virtuosismo y lo que los musicólogos llaman “técnicas extendidas” está en el corazón de cualquier obra de Zorn y hace que lo visual -e incluso lo táctil- sean elementos esenciales para el disfrute. Conozco gente que ha oído un disco de Zorn y se ha enamorado para siempre de su música y gente a la que sus discos la dejan fría, pero todo el mundo sale entusiasmado de un buen concierto de Zorn.

Y, sin embargo, también su discos se prestan a la veneración. Esa prolijidad suya resulta tan intimidante para el observador casual como adictiva para el fan. El completismo es uno de los vicios más frecuentes del zornhead. Y Zorn, coleccionista y completista él mismo, lo sabe y convierte cada nueva publicación en un objeto de deseo. El diseño de sus discos es siempre fascinante, a menudo controvertido y nunca trivial. Al legendario trabajo de Chippy Design para los volúmenes del sello Tzadik, hay que añadir a menudo reproducciones de artistas como Suehiro Maruo, Hans Bellmer o William Blake.

Zorn no permite que sus discos estén en las plataformas de streaming y sólo a regañadientes ha dejado que se vendan en formato digital. “Yo no hago música. Yo hago discos”, decía en una entrevista. Por eso todas mis recomendaciones irán acompañadas, al final de cada post, del enlace del disco en su sello (casi siempre Tzadik). Cuando sea posible, acompañaré mis textos de vídeos de YouTube, dejando claro de antemano que éstos son casi siempre no autorizados y pueden desaparecer en cualquier momento.

(Sigue leyendo esta guía para perplejos con Siete vías de entrada al laberinto.)

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